ALTAR / La fe, el arte, el altar y la instalación, por Julio Sanchez.


El altar de la ruta es como la punta de un iceberg. Arriba, en la superficie se ve apenas un noveno de lo que hay abajo. Lo que hay abajo no está enterrado sino que está constituido por las decenas de preguntas que se hace Daniel Romano (y todos los que alguna vez fuimos atraídos por ese imán mágico): ¿qué mueve a las personas a inaugurar un espacio propio de oración?, ¿por qué en las rutas?, ¿qué piden?, ¿qué agradecen? , ¿por qué la devoción a tal o cual santo?, ¿cómo se inicia la devoción?, ¿cómo se mantiene?. Todas estos interrogantes parecen las de un profano, seguramente quien eligió un lugar al costado de la ruta, levantó ladrillo por ladrillo aquella pequeña capilla, la pintó de rojo y emplazó una estatuilla del Gauchito Gil tiene todas las respuestas. La fe parece haberse divorciado del hombre urbano, más afecto a la razón que al corazón. O quizá haya llegado el momento histórico en que los pequeños altares de ruta, que cada vez son más, que cada vez adoptan más y nuevas figuras sagradas, empiecen a roer la corteza dura de la razón. El fenómeno es muy, muy viejo y eclosionó en la Edad Media, en aquellos lugares donde ocurrió el milagro, donde se encontró una reliquia, o donde simplemente apareció un ser superior capaz de curar, restaurar o vencer las fuerzas negativas. El suceso extraordinario marca el territorio sagrado, todo alrededor de él se transforma, la primera vela que se enciende para honrar al santo inicia una secuencia infinita que parece nunca acabarse, en este mismo momento un devoto está encendiendo un fósforo para iluminar una imagen.

Que las imágenes salgan del espacio sagrado de una iglesia no es un dato menor. La fe dogmatizada, aquella de los preceptos rígidos, fue mermando, tal como lo dice el Tao, lo rígido muere, lo blando permanece. En realidad uno puede pensar que la fe no muere sino que se transforma, se sale de los espacios “autorizados” y se filtran en los espacio cotidianos, en un rincón urbano, al costado de la ruta, en algún lugar insípido que por obra de quien sabe que potencia, se transmuta en un centro de atracción y hasta de peregrinación. Los que frecuentamos museos, galerías y centros culturales, los que conocemos el término “instalación”, muchas veces nos vimos tentados de considerar esos altares multiformes como verdaderas expresiones artísticas; el despliegue de objetos, colores y olores, bien podría recrearse en algún taller de artista. Daniel Romano aprovecha este creatividad para ubicar su propio altar en un territorio ambiguo entre la fe y el arte. Su propio altar está acompañado por más de un centenar de fotografías de otros altares, donde se pueden ver los rostros mudos de San Expedito, la Difunta Correa, San Lamuerte, la Virgen de Fátima, la Virgen Desatanudos, Ceferino Namuncurá, Pancho Sierra y el Gauchito Gil entre otros tantos, una galería de santos viejos y jóvenes, clásicos y de moda. Ellos no están solos, además de las velas omnipresentes hay ofrendas, de procedencias tan variadas que desafían a la imaginación más audaz, todo esto está testimoniado en un trabajo de antropólogo-sociólogo-artista que ha demandado varios meses de viajes, observación y registro.
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A tono con la época, Daniel Romano rescata un fenómeno social cada vez más fuerte, la vigencia de la fe popular, su transformación constante, y sobre todo el uso de un lenguaje expresivo que a todas luces parece compartir con el arte contemporáneo.

Julio Sánchez
Licenciado en Historia del Arte U.B.A. y
Master en Gestión Cultural

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