Afirmación de la ausencia


Afirmación de la ausencia
Francisco Roldán
Rosario, año 2012

´cuando un discurso es de tal modo arrastrado por su propia fuerza en la deriva de lo inactual, deportado fuera de toda gregariedad, no le queda más que ser el lugar, por exiguo que sea, de una afirmación…´
Roland Barthes

El desarrollo de las nuevas tecnologías de la información no ha hecho más que profundizar una brecha ya existente antes de su sigiloso advenimiento. Luego de un apagón financiero y dos grandes guerras mundiales, la exaltada racionalidad del funcionalismo modernista y su certeza en torno a un progreso indefinido, ilimitado, fue cediendo paso a paso frente a una nueva escansión fundante, hasta colapsar, hasta diseminar el derrumbe desde sus bordes más alejados hacia el centro mismo de la escena.

Esa nueva instancia, a la cual filósofos y estudiosos de las ciencias sociales dieron en llamar ´posmodernidad´, ha venido desarrollándose incansablemente bajo el sol de los nuevos acontecimientos (políticos, económicos y sociales) y el rigor de otras apariencias o inestabilidades (financieras).

En el terreno de las artes, este laboreo ha dejado de asumir gradualmente un rol de legitimación del discurso central (probablemente en manos del ´museo´) y de algunas de sus satelizaciones (la crítica ´obediente´) para dar lugar a zonas o espacios de relativa autonomía. En dichas zonas, las producciones que antes trasuntaban en la órbita de las periferias hoy tienen la chance de trabajar sobre si mismas o en torno a construcciones similares (aquellas que comparten ciertas porciones de un mismo imaginario) generando de esa manera un protagonismo radical producto de una actividad que bien podríamos denominar ´autorreferencial´, claramente categorizada por Gianni Vattimo en uno de sus textos más relevantes y emblemáticos acerca del posmodernismo1. Desde este punto de vista, para las formas productivas devotas de la posmodernidad resulta imposible no transparentar al menos parte de dichos mecanismos autorreferenciales, a través de los cuales buscamos develar o más bien exponer, inevitablemente, un entramado lógico como una suerte de racionalidad a partir de la cual continuar exponiendo el mundo.
Pero en términos de esto que consignamos: qué significa ´exponer´ el mundo hoy…? Sin lugar a dudas, este interrogante configura una manera de plantearnos otra nueva inestabilidad: la de la fragmentariedad tanto de los procesos productivos como de sus convergencias. Tal como lo señalamos anteriormente, la matriz posmoderna dinamiza la alternancia de los centros y las periferias entre si, calcando increíblemente a una de las más recordadas sentencias inscritas en el Libro de los veinticuatro filósofos: ´Dios es una esfera infinita cuyo centro se halla en todas partes y su circunferencia en ninguna´2.

A partir de esta nueva disposición de fuerzas (fragmentariedad y alternancia de centro/periferia) las improntas revisionistas que otrora validaban retrospectivamente un género literario o pictórico, dan lugar a una combinatoria que en muchos casos puede presentarse como realmente vertiginosa o, como lo señalaba Giles Deleuze a propósito de la construcción del espacio en el cine de Bresson, un blend logrado a partir de ´pequeños fragmentos desconectados, pequeños trozos en los que la conexión no está predeterminada´3. Contextualizando dicha analogía, podemos afirmar que una de las tematizaciones importantes que se dan en base a esa construcción fragmentaria y periférica es la del retrato, que en sus orígenes comenzó operando como ´genero de culto´, absolutamente central, para luego ir experimentando una gradual dispersión que lo puso a las puertas de etiquetarlo como ´genero menor´. De esta manera, producir retratos en pleno siglo XXI, en el seno de una sociedad hiperconectada y sobreinformada, pero atravesada por fenomenales crisis políticas y económicas de escala global, resulta antes que nada un gesto capaz de inscribir, ideológicamente hablando, una marca de productividad, un trayecto cuyo rastro vital descorre el velo sumiso que se templa sigilosamente entre los bordes y su centro.

La serie de retratos de Daniel Romano no cesa de inscribirse en ese espacio de alternancias, afirmaciones y -porqué no- pequeños desplazamientos, aliteraciones. Tratándose de producción de retratos, resulta ineludible tomar cuenta de ciertos elementos que hacen a su dimensionamiento como relato. Así, los retratos entendidos en si mismos como enunciados (o relatos) dotados incluso de las instancias de enunciación y enunciado, son capaces de construir un discurso a través del flujo y reflujo de sus figuras/ personajes en interacción con la mirada ´ausente´ del artista o el espectador.

Los personajes de los retratos de Daniel buscan sobreponerse a una especie de
opalescencia de la mirada (la propia, la suya, la nuestra) que bien podría entenderse como la instalación de la ´ausencia´ en tanto valor relacional.
En ´hombre sentado´ (D.R. hombre sentado. 2006. Ver imagen) por ejemplo, la figura asume poco menos que una posición provocadora, relajada, distendida, dispuesta casi a lo ancho del cuadro en una abierta configuración gestual que traduce una instancia de interpelación: la mirada fija, la cabeza levemente inclinada hacia nuestra derecha, la camisa blanca entreabierta y arremangada, en tanto que la mano derecha, de palmas abiertas, nos embarca en un clarísimo mensaje que decodifica ´receptividad´: es la mano, quizás el cuerpo entero, quien recoge expresamente el tamaño de aquello que la mirada retiene o fija como ausencia huidiza, demanda, demora.

hombre sentado acrilico daniel romano
daniel romano, hombre sentado. 2006.-

´El otro se encuentra en estado de perpetua partida´, señala Roland Barthes en su recordado Fragmentos de un discurso amoroso4, a propósito de la figura de la ausencia. En los retratos de Daniel Romano, esa ausencia es producto del tráfico formal que señalábamos antes, donde la disposición de las figuras, la impronta de los gestos y la ecuación general de la composición construyen, ´especularmente´, una suerte de mirada fuera del cuadro, pero tematizada en el cuadro.
La temática de Daniel se encuentra bien diferenciada de producciones que hacen centro en la soledad existencial, tal como puede verse quizás en Hernán Bas. Allí, la soledad, la ausencia, es más bien el producto de una elección que asoma por fuera del hecho artístico, de la mano del autor, el anecdotario del espectador o de la crítica misma, antes que una consecuencia estrictamente formal.
En ´sin título´ (D.R. sin título. 2006. Ver imagen) la relación que bosquejamos alcanza un grado más de complejización, ya que formalmente podemos encontrar una clave más que interesante, que hace a la puesta en contexto de la figura de mujer que anda (o desanda…?) un camino.


daniel romano, sin titulo. 2006.-

La ausencia, en tanto figura relacional, no puede desplegarse sino a partir de quien permanece en la espera. Hay en ello una suerte de ley, de necesaria puesta en escena que hace a la fructífera confluencia/ disfluencia de esta dupla imperfecta, ya que quien se ausenta lo hace de algo o de alguien que casi siempre permanece en su sitio, en su damero, en su insólito lugar de alternancia.
´Sin título´ nos despliega exactamente eso: escenifica a quien parte y quien reside, a quienes enuncian (el artista) y quienes son enunciados (los personajes) rumbo a una trama narrativa tan rica como inesperada, ya que la continuidad y la resolución de la historia permanecen de momento en un estado performativo, es decir, con final abierto.

Otra de las producciones sintomáticas de Daniel Romano, ´esperando turno´ (D.R. esperando turno. 2007. Ver imagen) trabaja otro registro de la ausencia: el de la confrontación de la ausencia, el de la ausencia en presencia. Más allá de cualquier referencia más o menos velada a las producciones de David Hockney, Edward Hopper o bien al celebrado Grant Wood (el de ´american gothic´)5, el trabajo de Romano busca colmar la combinatoria de posibilidades arrancando en este caso desde la disposición de sus personajes, quienes se presentan en una especia de ´grado cero de la gestualidad´: ninguna expresión, ninguna movilidad u oscilación; nada que permita suponer siquiera alguna mínima intención de exteriorizar un sentimiento, ningún cruce, ningún relevo… nada, excepto ese toque languidecente de desrealidad que todo lo puede.

En este caso, vemos que los personajes mismos reacondicionan las categorizaciones sobre las que veníamos trabajando anteriormente, migrando de aquello que podíamos llamar ´la presencia de una ausencia´ a una ´ausencia en presencia´, ya que ambos están absolutamente desconectados entre sí aunque envueltos en un ´clima´ de ascesis total que dispara una especie de ´locura de las interpretaciones´: esperando turno en consulta médica…?, esperando la mirada animadora de los interpretadores (nosotros)…?, o simplemente la ´espera´ como figura retórica, como un hecho absoluto, con peso específicamente propio…?. Tal la amplitud de banda que esta producción en particular.

daniel romano
daniel romano, esperando turno. 2007.-

Esta serie de retratos de Daniel Romano nos presentan a la ´ausencia´ como un valor de contigüidad (se está solo frente a otro o solo junto a otro: en pleno siglo XXI, y profundamente aislados por una sociedad hiperconectada). Pero esta misma tipificación es la que los coloca en un giro envolvente que los realza hasta su propio estrabismo, hasta su impropio punto de indefinición. De allí el perfume intensamente narrativo que despiden, tras esa atmósfera inquietante…

> francisco roldán
http://facebook.com/elplacerdeltexto
@placerdeltexto

Notas y comentarios
1 – El texto al que aludimos es El fin de la modernidad. Giani Vattimo. Ed. Gedisa, Barcelona 1986.-
2 – Este pasaje del Libro de los veinticuatro filósofos (Liber viginti quattuor philosophorum. datado en el siglo XXII y de
autor anónimo) es contextualizado por Jorge Luis Borges en un relato memorable titulado La esfera de pascal. Dicho relato forma parte de Otras inquisiciones. Otras inquisiciones. Ed. Emecé, Buenos Aires 2005.-
3 – Pasaje extraído de Qué es el acto de creación…?. Giles Deleuze. Conferencia dada en 1987 (traducción de Bettina
Prezioso, 2003).-
4 – Fragmentos de un discurso amoroso. Roland Barthes. Ed. Siglo veintiuno, México 1993.-
5 – Puntualmente nos referimos a Mis padres de David Hockney (1977), Lobby de hotel, de Edward Hopper (1943) y American Gothic de Grant Wood (1930), quienes de alguna u otra forma ideologizan, tomando posición sobre cuestiones tales como la rutina, la monotonía y el rigor laico en tanto forma de vaciar figuras netamente relacionales.-

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